La doble lucha de las mujeres

Por Luis Uscanga y Pilar Jacobo

El mundo es el mismo para todos los seres humanos, sin embargo, la vida de las mujeres es muy diferente a la de los hombres debido a pautas de socialización relacionadas con el género. En lo que respecta al medio ambiente, a las mujeres se les han asignado roles específicos: ordenación de la fauna y la flora de los bosques, el manejo de la tierra para uso doméstico y como fuente de ingresos, así como vigilancia de otros recursos como el agua. Las experiencias de las mujeres son una fuente invaluable de conocimientos para la conservación de nuestro ambiente.

A nivel mundial, millones de mujeres buscan mejorar el ambiente y lograr una mejor calidad de vida para ellas y para su familia, se ha comprobado que desde el momento en que las mujeres se ven envueltas en proyectos que inciden sobre su propia comunidad, ganan reconocimiento al tiempo que adquieren nuevas capacidades organizativas.

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Durante los años cincuenta y sesenta, los gobiernos y diversas organizaciones percibían como papel único de las mujeres el reproductivo, ya sea como amas de casa y/o madres de familia. Las mujeres fueron objeto de programas de planificación familiar y programas sobre nutrición infantil, economía familiar, etc.

Es hasta principios de los años setenta cuando surge el concepto de “mujer en desarrollo” (MED), en los Estados Unidos, en el comité de mujeres de Washington, D.C., perteneciente a la Sociedad para el Desarrollo Internacional. El término fue adoptado por la agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos (USAID) y se considera entonces a la mujer como indispensable para alcanzar un desarrollo económico. De este modo, el concepto de “mujer en desarrollo” prestaba especial atención al papel productivo de la mujer en la economía, aunque descuidaba el aspecto reproductivo y de gestión comunitaria.

Lo anterior fue un primer paso para sensibilizar a la población sobre la necesidad de cambiar las ideas con respecto al papel de la mujer en diversos aspectos. A mediados de los años setenta, Wangari Mathai, a través de su movimiento “Cinturón Verde” en Kenya, logró poner en el mismo discurso internacional temas de ecologismo, derechos humanos y defensa de la mujer, con lo cual consiguió plantar unos 40 millones de árboles en África con la ayuda de grupos de mujeres, quienes lograron empoderarse con el simple objetivo de promover un hogar ambientalmente saludable.

En esa década, se apoyaban proyectos y políticas que beneficiaban a las mujeres como grupo separado. Posteriormente, y tras un examen crítico, se ha llegado a la conclusión de que es necesario poner más atención a las estructuras básicas que perpetúan la desigualdad entre mujeres y hombres. Después de la Tercera Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer en 1985, comenzó a surgir en las esferas internacionales un concepto más amplio del enfoque de género, que obtuvo pleno reconocimiento en 1995, en la Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer.

En este sentido se convierte en requisito indispensable aumentar el conocimiento sobre la relación existente entre mujeres y ambiente para reconocerlas desde diversos ámbitos de actuación, así como su contribución al cuidado de la Tierra y todo lo que ella nutre. La lucha no solo se vuelve ambientalista, sino que se combinan los retos que las mujeres enfrentan por circunstancias de marginalidad, analfabetismo, pobreza y en mayor medida por cuestiones culturales de sus propias localidades. A pesar de lo anterior, existen ejemplos que nos han marcado las pautas a seguir, nombres como Vandana Shiva, Jane Goodall, Naomi Klein y Berta Cáceres son ejemplos que hablan por sí solos.

El reconocimiento del papel de las mujeres dentro de la construcción de sociedades ambientalmente amigables y justas, sigue siendo desvalorado. Las estructuras y actitudes sociales discriminatorias, a nivel personal, comunitario e institucional, persisten en pautas profundamente arraigadas de desigualdad hacia la mujer, muchas mujeres continúan tropezando con fuertes barreras vinculadas a su sexo, condición familiar y socioeconómica, sumándose en otros casos condiciones de vida en zonas aisladas o empobrecidas y la falta de acceso a tierras y demás bienes.

Es por lo anterior, y por muchos motivos más, que invitamos a generar una reflexión en torno a nuestra manera de abordar los problemas ambientales, los cuales DEBEN replantearse la manera en que se buscan soluciones a través de la escucha e inclusión de las mujeres, en vías de disminuir las brechas de género y promover la equidad al mismo tiempo que se logra un ambiente más sano.